Hace algunos años no podía responder con sinceridad. Por años crecí con problemas de imagen personal en el que todos eran bonitos físicamente, excepto yo. La gente decía que tenía lindos ojos, así que cuando alguien me decía: ¿Qué es lo que más te gusta de tu cuerpo? contestaba, no muy convencida, "mis ojos". Pero a pesar de ello, siempre podía encontrarles defectos.
Un día hice una lista con todos mis defectos físicos. Esa lista era tan grande que terminé terriblemente deprimida, llorando como una loca. Recuerdo que decía de mis manos: demasiado grandes para mi cuerpo, dedos largos pero toscos, uñas sin forma, nada femeninas. Las odiaba y me daban vergüenza.
Conforme pasaron los años la percepción de mi imagen personal fue cambiando y avanzando. Por convicción propia —de verdad, vivir en la mierda y en la depresión es un desperdicio de energía — aprendí a aceptar quién era y cómo era. Entendí que sólo tengo una mente, sólo tengo un cuerpo y debo aprovecharlo y ser lo más feliz que pueda en él.
Hace poco miraba mis manos. El hecho de que haya aprendido a aceptarme no las cambió: los dedos siguen siendo largos pero toscos, las uñas siguen sin forma, y siguen pareciendo más unas manos de chico que de una joven mujer. Sin embargo algo ha cambiado. Las cuido más que a nada en el mundo, las quiero con toda mi alma, las observo y agradezco que estén sanas. Las bendigo y las adoro, las veo y aunque pienso que los anillos no se me ven nada bien, mi corazón estalla de alegría de tan sólo pensar que con ellas hago aquello que más amo en el mundo:
Escribir.

No hay comentarios:
Publicar un comentario