Lo que pasa es que me resigné a la vida. Antes pensaba que no merecía vivir, por muchos y múltiples motivos, que el hecho de que estuviera aquí sólo había sido un accidente. Aún sigo pensando lo mismo, pero ése pensamiento ya no me mantiene llorando por las noches ni hace que me lastime a diestra y siniestra.
Simplemente me resigné. Sí, mi vida sigue siendo un accidente. Soy fea, soy pobre, no soy carismática, ni siquiera inteligente, no tengo talento alguno, soy sólo uno de esos tantos seres humanos que nacieron, crecen y morirán en el anonimato. Yo no nací para brillar, nací para ser nadie, nada, una materia más ocupando un lugar en el espacio.
Lo más triste es que me he resignado a este pensamiento. A partir de ello he renunciado a muchas cosas: a la posibilidad de buscar a una persona a la cual amar y que me ame, a la aventura de una familia propia —me digo constantemente que mis hijos serían bastante feos—, al éxito, a la fama. Y ya ni siquiera me duele.
Me sentaré aquí a leer y escribir mientras la muerte llega, parece una buena forma de pasar el tiempo.
sábado, 20 de octubre de 2012
domingo, 14 de octubre de 2012
Ride - Lana Del Rey
Estaba en el verano de mi vida y los hombres que conocí a lo largo del camino eran mi único verano. En la noche me quedaba dormida con visiones de mí bailando y riendo y llorando con ellos. Tres años seguidos de estar en una interminable gira mundial y mis recuerdos de ellos fueron las únicas cosas que me sostuvieron y mis únicos momentos felices reales. Era una cantante, no muy popular, que alguna vez tuvo sueños de convertirse en una hermosa poetisa, pero en una serie de eventos desafortunados, vi esos sueños discontinuados y divididos en un millón de estrellas en el cielo nocturno que yo deseaba una y otra vez, resplandecientes y rotos. Pero realmente no me importó porque sabía que se necesita tener todo lo que siempre quisiste y después perderlo para saber lo que es la verdadera libertad.
Cuando la gente que conocía se enteró de lo que había estado haciendo, cómo había estado viviendo, me preguntaron por qué. Pero no tiene caso hablar con gente que tiene un hogar, ellos no tienen idea de lo que es buscar seguridad en otras personas, que la casa sea en cualquier lugar en donde pones tu cabeza.
Siempre fui una chica inusual, mi madre me dijo que tenía una alma camaleónica. Sin brújula moral que apuntara hacia el norte, sin personalidad fija. Sólo una indecisión interna que era tan inmensa y tan ondeante como el océano. Y si dijera que no planeé que esto fuera así, estaría mintiendo. Porque yo nací para ser la otra mujer. Quien pertenecía a nadie, pero pertenecía a todos, quien no tenía nada y quería todo, con fuego por cada experiencia y una obsesión por la libertad que me aterrorizaba al punto de que ni siquiera podía hablar de ello y que me empujó a un punto de locura nómada que me deslumbraba y mareaba.
Todas las noches solía rezar para encontrar a mi gente —y finalmente lo hice— en el camino. No teníamos nada que perder, nada que ganar, nada que deseáramos más excepto hacer de nuestras vidas una obra de arte.
Vive rápido. Muere joven. Sé salvaje. Y diviértete.
Creo en el país que América solía ser. Creo en la persona en la que me quiero convertir.
Creo en la libertad del camino. Y mi motto es el mismo de siempre:
Creo en la bondad de los extraños. Y cuando estoy en guerra conmigo misma viajo. Sólo viajo.
¿Quién eres tú? ¿Estás en contacto con todas tus fantasías oscuras?
¿Has creado una vida para ti en la que eres libre para experimentarlas?
Yo sí.
Estoy jodidamente loca. Pero soy libre.
El monólogo es la cosa más brillante que he escuchado en los últimos meses. Es todo lo que yo quiero: libertad. Esta canción, este vídeo, me hacen sentir tantas cosas...
Y la escena de Lana columpiándose sobre una llanta en medio del desierto... tan libre...
miércoles, 10 de octubre de 2012
Lo que tú necesitas
Todos creen que saben qué necesito:
—Necesitas un hombre.
—Necesitas perder algo de peso.
—Necesitas concentrarte más.
—Necesitas organizarte mejor.
—Necesitas ir con tu doctor.
—Necesitas volver a comer carne.
—Necesitas una buena cogida.
Pero lo único que necesito, lo único que ansío con todo mi ser es la libertad. Poder vivir por mí y para mí, sin que me importe un bledo si alguien estará esperando algo en especial de mi parte. Quiero vivir sin compromisos sentimentales que me aten a una vida cómoda, que me alejen de las luces y de los prados, y de las tazas de porcelana y los alfajores a la media tarde. Quiero que me digan "es suficiente, ahora puedes vivir por ti misma" aunque muera de miedo, aunque me aterre al primer paso que de.
Necesito encontrar gente a la que pueda abrazar un rato, quien me pueda transmitir su calor durante el invierno —quizá desnudos—que me acaricie mientras duermo y a quien pueda sonreírle en medio de la noche. Pero que nunca me llame "novia", que nunca me llame "esposa", que nunca me llame "el amor de su vida", que me deje ir el día que decida irme.
Quiero comerme al mundo. Sufrir la soledad a cientos de kilómetros de casa. Protegerme a mí misma, saber que soy la única en la que puedo confiar. Caminar sola por las calles si así lo quiero, cargar con un celular al que me llamen una vez por semana.
Necesito leer, vivir a través de la ficción, sanarme a través de las letras. Escribir un montón, pero jamás publicar. Vivir decentemente, comprando cuando se me de la gana y gastando cuanto esté en mi poder. Necesito sobrevivir a la crisis en la que todos entran una vez cumplidos los 30, llegar a los 42 y decirle a mis padres: les dije que nunca tendría hijos, ¿ven? Que mis sobrinos me vean como la tía solterona, "la señorita". Sin eventos del día de las madres, sin una argolla matrimonial, sin haber adoptado otro apellido. Sin nada de eso, pero con libertad.
Necesito morir antes de los sesenta para no ser presa de mi propio cuerpo. Necesito dejar de pensar en un futuro compartido. Necesito ser libre siempre.
Necesito vivir sin arrepentirme de nada.
—Necesitas un hombre.
—Necesitas perder algo de peso.
—Necesitas concentrarte más.
—Necesitas organizarte mejor.
—Necesitas ir con tu doctor.
—Necesitas volver a comer carne.
—Necesitas una buena cogida.
Pero lo único que necesito, lo único que ansío con todo mi ser es la libertad. Poder vivir por mí y para mí, sin que me importe un bledo si alguien estará esperando algo en especial de mi parte. Quiero vivir sin compromisos sentimentales que me aten a una vida cómoda, que me alejen de las luces y de los prados, y de las tazas de porcelana y los alfajores a la media tarde. Quiero que me digan "es suficiente, ahora puedes vivir por ti misma" aunque muera de miedo, aunque me aterre al primer paso que de.
Necesito encontrar gente a la que pueda abrazar un rato, quien me pueda transmitir su calor durante el invierno —quizá desnudos—que me acaricie mientras duermo y a quien pueda sonreírle en medio de la noche. Pero que nunca me llame "novia", que nunca me llame "esposa", que nunca me llame "el amor de su vida", que me deje ir el día que decida irme.
Quiero comerme al mundo. Sufrir la soledad a cientos de kilómetros de casa. Protegerme a mí misma, saber que soy la única en la que puedo confiar. Caminar sola por las calles si así lo quiero, cargar con un celular al que me llamen una vez por semana.
Necesito leer, vivir a través de la ficción, sanarme a través de las letras. Escribir un montón, pero jamás publicar. Vivir decentemente, comprando cuando se me de la gana y gastando cuanto esté en mi poder. Necesito sobrevivir a la crisis en la que todos entran una vez cumplidos los 30, llegar a los 42 y decirle a mis padres: les dije que nunca tendría hijos, ¿ven? Que mis sobrinos me vean como la tía solterona, "la señorita". Sin eventos del día de las madres, sin una argolla matrimonial, sin haber adoptado otro apellido. Sin nada de eso, pero con libertad.
Necesito morir antes de los sesenta para no ser presa de mi propio cuerpo. Necesito dejar de pensar en un futuro compartido. Necesito ser libre siempre.
Necesito vivir sin arrepentirme de nada.
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